El pasado 5 de diciembre, la gracia de Dios nos permitió reunirnos en un hermoso jardín cercano a nuestra iglesia para celebrar no solo el fin de un año civil, sino la fidelidad del Señor para con nosotras. Conscientes de que muchas hermanas partirán pronto a sus ciudades natales para las fiestas, aprovechamos esta última oportunidad del año para abrazarnos y fortalecer el vínculo de la paz.
Koinonía y Gozo
Fue un tiempo precioso de integración. Nuestra hermana Ivonne dirigió una serie de dinámicas y juegos que nos permitieron reír, correr y, literalmente, abrazarnos como familia. Entre dinámicas, saltos, crucigramas y risas, el hielo se rompió y pudimos disfrutar del regalo de la amistad cristiana sin la superficialidad del mundo, sino con la sencillez de corazón que caracteriza a los santos.
"“¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” — Salmo 133:1"
La Mesa Compartida
La provisión del Señor se desbordó a través del amor y servicio de las hermanas. Compartimos una cena que fue verdadera expresión de generosidad y comunión: disfrutamos de ensaladas frescas, pastas y empanadas preparadas con dedicación. La dulzura de la noche continuó con una variedad exquisita de postres como flanes, pasteles, gelatinas y galletas, todo acompañado de ricas aguas de sabor y, para el clima de la temporada, no faltaron el ponche caliente y el café. Dios nos bendijo grandemente, sustentando nuestros cuerpos y alegrando nuestros corazones.
El Alimento Principal: La Palabra
Más importante que la comida física fue el tiempo centrado en las Escrituras. Nuestra hermana Mafer nos guió en la lectura de Lucas 2, reflexionando especialmente desde el versículo 7 sobre la insondable humildad de nuestro Salvador.
Nos maravillamos ante el hecho de que el Creador del universo no entró a este mundo en un palacio, sino que fue acostado en un pesebre porque “no había lugar para ellos en el mesón”. Recordamos que Su nacimiento en pobreza fue el inicio de Su obra redentora; Él se hizo pobre para que nosotras, por Su pobreza, fuésemos enriquecidas espiritualmente. En medio del festejo, nuestros corazones adoraron al Cordero de Dios que vino con el propósito eterno de salvar a Su pueblo.
Posteriormente, tuvimos un tiempo de oración general, llevando delante del Trono de Gracia nuestras peticiones, agradecimientos e intercediendo por aquellas hermanas que no pudieron estar presentes.
La organización, llevada a cabo por un grupo de siervas fieles, cuidó cada detalle para que el evento fuera hermoso y ordenado. Al final, el objetivo se cumplió con creces: no solo nos divertimos y ganamos premios, sino que el grupo de mujeres se integró más profundamente, cimentando nuestra relación unas con otras y, sobre todo, nuestra relación con el Señor.